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Cristóbal Colón feliz por su equivocación

Don Cristóbal es el hombre al que no le cuece en un primer hervor, porque los siglos han pasado por él y también por él han pasado las injusticias.
Hasta a la cárcel me metieron.
Y lo dice aguantando la furia que con el tiempo se le fue aumentando.

Señor Colón; usted llegó a lo que hoy es América por un error.
Es cierto, yo iba en busca de especias y fui a dar a las frutas. Pero me alegro del error y señalo que la culpa no era mía, sino del tiempo.
¿Porqué eran tan importantes las especias?
Porque no se había inventado el frío.
Y Don Cristóbal pone los codos sobre la mesa y aclara que la ausencia del refrigerador arranciaba mucho los alimentos y las especias ocultaban el desperfecto y ponían alegría en la comida.
Mire usted, Taibo, se han muerto más hombres buscando la pimienta negra que buscando oro. La pimienta movió cientos de barcos y muchos se fueron al fondo del mar. Yo buscaba la pimienta por un atajo.
¿Como hizo para poner un huevo de pie?
Lo cocí primero.

Don Cristóbal llegó a la cita conmigo vestido a la moda de su siglo, con una gorra roja festonada en oro. EL traje un poco raído por el tiempo; pero los ojos vivos y tenaces.
¿Cuál fue el alimento que más le extraño al llegar a tierras americanas?
Los ojos de los peces. Era lo primero que me ofrecían los nativos y había que comerlos sonriendo, porque para ellos era un manjar. Un plato de ojos de tiburón era el caviar del mar de las Antillas.
Colón me mira con la misma intensidad que debieron mirarle los ojos del tiburón.

Don Cristóbal, puesto a recordar, se indigna pensando en la galleta que era el pan de la carabela; un pan que muchas veces se comían cuando ya hacía un año que había sido amasado.
Se llenaba de gusanos y para morderlo había que meterlo en agua media hora. Tan duro era.
¿Quién guisaba en la carabela?
Llevábamos cocinero, pero lo difícil no era guisar, sino mantener el fuego. Algunas veces el fuego era tanto que el barco se quemaba todo y otras el agua del mar lo apagaba constantemente. Yo comía en mi cabina.
¿Qué comía?
La carabela llevaba un capitán de gallinas, que así llamábamos al marinero encargado de ellas. Todas las mañanas me llevaba los huevos que las gallinas habían puesto y yo las repartía entre los oficiales.
¿Allí aprendió a poner los huevos de pie?

Don Cristóbal se enfada.
Menos bromas Taibo, menos bromas.

Y colón recuerda que en la Santa María se acostumbra cantar unos versos relacionados con la alimentación. Y el gran almirante se quita la gorra y entona con no mala voz:

Un huevo, un huevo es.
Dos huevos, dos huevos son.

Dos huevos con longaniza,
hacen la nao navegar aprisa. 

¿Es cierto que la Santa María llevaba tanta agua como vino?
Más o menos. Que si el agua quita la sed, el agua quita el miedo. Y en alta mar es más peligroso el miedo que la sed.
¿Cuál fue su primer comida formal en las nuevas tierras?
Nunca supe lo que comí. No me atreví a preguntar. Parece que era un monstruo con cuatro patas y una cola muy larga.
Y después Cristóbal Colón me cuenta que lo más raro de cuanto vio fue cómo los nativos lanzaban humo por la nariz.
Al principio los marineros creían que tenían lumbre en la barriga. Pero no, luego supimos que tragaban el humo de un tubo largo con fuego. Cuando volvimos a España un marinero hizo una exhibición y fue muy aplaudido.  Hasta doña Isabel quería sacar humo por la boca.

Si usted volviera a nacer y volviera a navegar frenta a las tres carabelas, ¿cambiaría de alguna forma su comportamiento?
Ahora Don Cristóbal parece adquirir una fuerza interior muy grande, se le ilumina el rostro, lanza hacia atrás la gorra roja y golpea con fuerza la mesa. ¡Claro que no comportaría como me comporté!

Y el gran almirante grita ante mi asombro:

¡No volvería a España!

Paco Ignacio Taibo I
In Memoriam
Este artículo fue publicado originalmente en 1992, no. 36, Maria Orsini.

Acerca del autor

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Paco Ignacio Taibo I fue autor de más de 50 novelas, hitoriador, creador del Gato Culto y periodista galardonado con el premio nacional de periodismo. El legado de Paco marcó el panorama cultural mexicano, y Maria Orsini tuvo el honor de colaborar con él durante mas de 20 años.

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